jueves, 22 de abril de 2010
Cuentagotas
La de los días de lluvia, la tarde enfermiza que me recuerda a ti. Las gotas torpes, tropezaban con tu nariz y acababan desmayándose en tus mejillas. Las envidio, ellas pudieron acariciarte con más ternura que yo, además estarían durmiendo en tu abrigo cuando subiste al tren. Desde que empecé a evocarte han pasado 20 minutos, en la soledad el tiempo está como empaquetado. Mamá llamó ayer, deberías hablar con ella, aunque el teléfono te parezca un invento muy frío, su voz es cálida. Tu ausencia no es buena compañera de piso. Ha escampado y es de noche.
domingo, 4 de abril de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
El virus del dolor
Sobre sus huesos caía un leve peso de quince años que, sin embargo, era capaz de inmovilizarla y asfixiarla. Desde que comenzó a entenderse con la razón y mantuvo diversos debates con ella, cierta nostalgia se había aferrado a sus entrañas. Y sobre todo en los días lluviosos la martirizaba. No era impermeable al llanto frío y rencoroso de las nubes de invierno, no era inmune a las burlas del viento. En ese músculo que utiliza un compás binario, guiado siempre por manecillas insistentes, carroña para los buitres del tiempo, estaba incubando un virus que quería tomar el control de los latidos de su compleja máquina vital.
Los síntomas de esta enfermedad se le manifestaban también en las interminables noches de insomnio en las que anhelaba un beso de la mejor poesía romántica. Además presentaba un déficit de amor y se automedicaba con soledad.
Cualquier doctor le hubiera recetado la integración social y unas cápsulas de besos insípidos con las que posiblemente se hubiera atragantado. Todos ellos le parecían unos incompetentes. Aborrecía acudir al médico y cuando lo hacía, acababa insultando a aquellos sujetos con bata que lo único bueno que hacen es premiar a los niños que se han portado bien en la consulta con un palito de madera como el de los polos, pero sin polo, que los críos se meten en la boca gustosamente.
La quinceañera concebía la cura a su enfermedad como la transformación del peso de sus años en helio que ascendería al cielo ocupando el espacio de un globo, mientras su cuerpo sería la goma del globo pinchado por algún ave en su ascenso al cielo. Sería por esta goma por la que llorarían los asistentes a su funeral que finalmente serían contagiados por el espíritu enfermo de la difunta.
Los síntomas de esta enfermedad se le manifestaban también en las interminables noches de insomnio en las que anhelaba un beso de la mejor poesía romántica. Además presentaba un déficit de amor y se automedicaba con soledad.
Cualquier doctor le hubiera recetado la integración social y unas cápsulas de besos insípidos con las que posiblemente se hubiera atragantado. Todos ellos le parecían unos incompetentes. Aborrecía acudir al médico y cuando lo hacía, acababa insultando a aquellos sujetos con bata que lo único bueno que hacen es premiar a los niños que se han portado bien en la consulta con un palito de madera como el de los polos, pero sin polo, que los críos se meten en la boca gustosamente.
La quinceañera concebía la cura a su enfermedad como la transformación del peso de sus años en helio que ascendería al cielo ocupando el espacio de un globo, mientras su cuerpo sería la goma del globo pinchado por algún ave en su ascenso al cielo. Sería por esta goma por la que llorarían los asistentes a su funeral que finalmente serían contagiados por el espíritu enfermo de la difunta.
domingo, 10 de enero de 2010
Carencia
Por ti
Siempre omnisciente
Que sólo existes en algún lugar remoto de mi mente
Utilizo los filos de la metáfora
Con los que me desangro hasta enmendar lo que siento
Y a veces, me veo a mí misma como polvora.
Pasarán los años, y tú tan necesaria, tan deseada dama
Tantísimas veces añorada
Seguirás callada entre la maleza de la frustración
¡Hoy que me haces tanta falta, Inspiración!
Siempre omnisciente
Que sólo existes en algún lugar remoto de mi mente
Utilizo los filos de la metáfora
Con los que me desangro hasta enmendar lo que siento
Y a veces, me veo a mí misma como polvora.
Pasarán los años, y tú tan necesaria, tan deseada dama
Tantísimas veces añorada
Seguirás callada entre la maleza de la frustración
¡Hoy que me haces tanta falta, Inspiración!
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